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En junio de 1978 apareció en los kioscos del país una revista que por su aspecto llamó la atención de inmediato. Se llamaba Humor, e iba a ganarse un lugar luminoso en la historia editorial argentina.

La publicación había logrado reunir a un grupo de humoristas, escritores, periodistas y artistas gráficos de inmenso talento. Casi todos tenían vedado el acceso a los principales medios de aquel tiempo sin internet ni redes sociales.

El contexto político era irrespirable. En 1976 se había instalado la dictadura militar del “Proceso de Reorganización Nacional”, al cabo de un anárquico gobierno de Isabel Perón en el que las fracciones de ultraderecha y ultraizquierda del peronismo se enfrentaron en un demencial conflicto.

Con toda esa violencia detrás y el presente de la represión ilegal del régimen militar, la revista aprovechó el humor para abordar la realidad del país como ningún otro medio nacional se animaba a hacerlo.

UN HITO

El público descubrió que las páginas de Humor hablaban de lo que los demás callaban. A través de sus historietas o de las columnas “serias” de notables periodistas, la revista se animaba a exponer los crímenes de la dictadura y su perversa política económica. Dirigida por Andrés Cascioli, sorteó la censura cuanto pudo, entre aprietes y amenazas de muerte. Llegó a vender 330.000 ejemplares de cada edición. Paradójicamente, Humor murió en democracia, a fines de 1999, asfixiada por demandas judiciales del menemismo.

Una verdadera selección de talentos

No hay dudas que el gran mérito de la revista Humor fue reunir en un momento clave del país -plena dictadura- a un grupo brillante de humoristas, escritores, periodistas e intelectuales de diferentes miradas e ideologías pero que coincidían en rechazar el autoritarismo y en plantear los temas que estaban prohibidos en los medios tradicionales.

Algunos de aquellos valores recién iniciaban sus trayectorias, y otros traían cierta experiencia sobre sus espaldas.

Entre los dibujantes e historietistas se destacaban Andrés Cascioli (creador de la revista y su director en los 21 años de publicaciones), Roberto Fontanarrosa, Alfredo Grondona White, Meiji, Nine, Fabre, Carlos Trillo, Horacio Altuna y Rep, entre otros.

Varios años fue parte del staff César Hermosilla Spaak, el talentoso creativo paraguayo que fue un chaqueño durante mucho tiempo, hasta su trágica muerte.

Entre los columnistas, en tanto, estaban Enrique Vázquez, Héctor Ruiz Núñez, Luis Gregorich y Santiago Kovadloff.

Ascenso y caída de una experiencia irrepetible

La revista Humor fue una de esas aventuras que podrían haber naufrago a metros de soltar amarras, pero acabaron convirtiéndose en leyenda.

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El mítico número 97, secuestrado por la dictadura en 1983. Los propios policías lo vendían bajo cuerda.

En su pico de popularidad, antes de la recuperación democrática de 1983, su empresa editora, La Urraca, se había expandido y sacaba a la calle otras publicaciones “hermanas” de Humor, como la revista SexHumor y Humi, un producto para el público infantil.

También surgieron Fierro (comics), Raf (diseño gráfico), Periodistas (un periódico) y El Equipo (deportes).

La sintonía de Humor con sus lectores era tal que cuando sobre el final de la dictadura, en 1983, los militares ordenaron secuestrar todos los ejemplares de la edición número 97, se armó toda una red clandestina de venta de las revistas que lograron sobrevivir a los operativos policiales en los kioscos.

“Una vez un taxista me contó que había sido policía en aquel tiempo y participó en el procedimiento, y que los propios canas vendían después a escondidas las revistas, porque mucha gente quería tener ese ejemplar”, contó una vez Andrés Cascioli, el director de Humor.

LA DECADENCIA

Cuando la democracia regresó, Humor comenzó a perder lectores. De pronto en todos los medios se hablaba de los temas que hasta allí sólo abordaba la revista de La Urraca. La censura había desaparecido y no había asuntos prohibidos para la prensa.

En ese nuevo escenario, la publicación no supo reinventarse y las crisis económicas golpearon fuerte. Varias de las grandes figuras de la mejor etapa se fueron por otros rumbos.

La revista perdió calidad humorística -justo lo que la había dado a luz- y el mercado vivía otra realidad.

Un alud de juicios del menemismo fue el tiro de gracia, y le bajó el telón a aquella aventura maravillosa.